Altas Temperaturas.


Altas Temperaturas

Fui corriendo a toda prisa hacia la cocina y le traje a Paul el vaso de agua que tanto necesitaba. Él se lo bebió en menos de diez segundos. Lo miré atentamente y pude deducir que la fiebre le había subido considerablemente.

-Mm... Paul, ¿te encuentras bien? - Le  pregunté mientras observaba con precisión como las gotas de sudor caían por su pecho desnudo.

-No... La fiebre no me baja ni a tiros...- Me contestó apoyado en el marco de la puerta mientras se quitaba el flequillo de la frente, aunque de poco servía , ya que este volvía  a su posición inicial de inmediato.

-Mira...Acuéstate en la cama y yo voy a por paños fríos para bajarte la fiebre, ¿vale?- Dije acariciando sus mejillas rojas como si fueran manzanitas.

-Sí...-Dijo mientras se volvía a meter en la habitación medio tambaleándose.

Me dirigí hacia la pequeña cocina que había en este pequeño apartamento. Eché agua helada en un bol y me arranqué un trozo de tela de mi camiseta negra para poder utilizarla como paño, ya que no había. Cogí camino a la habitación y apoyé el bol con agua fría en la mesita de noche. Escurrí el paño, aparté el flequillo de Paul de su frente y le puse el paño. Su respiración estaba ajetreada y entrecortada, su pecho ascendía y descendía irregularmente. Acaricié sus mejillas con mis manos heladas para bajarle los colores.

En breves instantes, la respiración de Paul se normalizó y sus movimientos de respiración que involucraban el ascenso y el descenso de su pecho, se hicieran más regulares. En menos de dos segundos nuestras miradas conectaron de manera ancestral y él me dedicó una sonrisa de medio lado.

-Gracias, doctora- Me dijo con voz seductora y una risa provocadora. Me mataba por minutos, pero no podía seguir mirándolo a los ojos, porque las mariposas invadían mi estómago.

-No se merecen, señor- Respondí con una sonrisa por cortesía de mis labios rojizos y finos. Ví como Paul se relamía mientras me miraba atentamente con sus ojos de serpiente.

-Creo que ya sé lo que me pasa...-Mencionó con pesadez en sus palabras, como si le preocupara la causa de su supuesta enfermedad por la que estaba pasando y por la cual ahora tenía fiebre.

Le miré con un interrogante en mis pupilas verdes esmeraldas. ¿A qué venía tanta preocupación de un momento a  otro? Paul se mordió el labio inferior mientras me miraba fijamente. Ah... ¿Por qué tenía que ponerse ahora así conmigo? No tengo mucha paciencia  y aún tengo menos capacidad de aguante.

-Ahora resulta que el paciente le va a decir a la doctora el diagnóstico. Que cambio de papeles, ¿no? -Dije riéndome entre dientes con mis cabellos tapándome un lado de la cara.

-Tú sabes...Si Kenia tenía época de fiebre y eso..-Me preguntó preocupado, tenso y sobre todo, intrigado.

-Sí... Sí la tenía...- Contesté tartamudeando como una tonta , con la mirada baja mientras le cambiaba el paño de la frente. Humedecí la tela en el bol y la escurrí. El agua helada recorrió mis manos y se metió entre mis dedos. Volví a devolver el trozo de tela a su frente y me alejé un poco de él.

-Joder...-Dijo colocándose las manos en la frente- Todas las leyendas que contaban sobre ti eran ciertas pues...

-¿Qué cuentas esas leyendas? - Mis ojos colisionaron con los suyos al realizar la pregunta que le  había hecho reírse de esa forma tan perversa y característica que tenía.

-Bah, son muy complicadas... No creo que las comprendas...-Me dijo con las mejillas sonrojadas. Estaba adorable cuando se sonrojaba, parecía un niño pequeño.

Decidí no darle más vueltas al tema y lo dejé descansar en la habitación. Iba cómoda con la ropa que llevaba puesta pero decidí ponerme la sudadera de mi hermano César por encima. En la habitación, justo encima de la cama donde dormiríamos Paul y yo, había una ventana abierta de par en par. La luz de la Luna Llena bañaba el pecho de  porcelana de Paul. Entré con la mirada baja al cuarto, pero entonces algo se clavó en mi pecho. Un calor bajó por toda mi columna y recorrió todo mi cuerpo ardientemente. Me llevé las manos al pecho y una especie de deseo hizo que levantara la mirada. Mis ojos colisionaron de lleno con la Luna Llena, envuelta por esa perfecta capa con los colores del arco iris que la rodeaba solo esas noches especiales , y sentí como mi alma se liberaba. Una ola refrescante llenó cada recoveco de mi ser, limpiándolo de dolor, de tristeza, limpiando mis sentimientos, volviéndolos puros.

A la vez que me purificaba, me ardía el pecho como la llama más caliente de la hogueta en la noche de San Juan. Caí de rodillas al suelo y mis manos se fueron instintivamente a mi tatuaje. Dolía, sí, me dolía muchísimo. Se me escapó un gritito ahogado  y , al parecer, mi nuevo compañero de viaje, Paul, lo escuchó. Se levantó de la cama como un resorte y corrió hacia mí.

-Bibi... Bibi, querida, ¿qué te pasa?- Dijo apoyando sus rodillas en el suelo y cogiéndome con sus fuertes brazos. Tomó mi débil cuerpecito y lo reposó en sus rodillas. Su mano derecha me tomó la temperatura-Tienes fiebre...- Sus palabras parecían alegrarle y preocuparle al mismo tiempo.

Me cogió en brazos y me acostó en la cama. La Luna Llena entraba por la ventana, reflejándose en mis ojos con ansia. Paul  me quitó la sudadera y puso mis largos cabellos sobra la almohada. Colocó sus manos sobre mi tatuaje. Éste estaba brillando, sí, parecía que desprendiera fuegos artificiales.

-Que la Luna veo esto porque no me lo creo...- Mencionó acariciando mi vientre con suma delicadeza y suavidad. En el momento en el cual sus dedos recorrieron mi tatuajes de arriba a abajo, todos los que él poseía sobre su piel de porcelana también se encendieran, como si fueran la misma Luna Llena. Paul jadeó con fuerza y faltó  un pelo para que  se desplomara encima mía pero por suerte sus brazos musculosos pudieron aguantar el peso del resto de su cuerpo.

-Paul... Haz que me deje de doler, por favor...- Supliqué agarrándome a las sábanas de la cama.

-Bibi, de verdad, no quieras que lo haga- Me dijo apretando con fuerza el colchón mientras cerraba los ojos y fruncía el ceño.

-Paul...-Volví a suplicar.

-¡Que no, Bianca! ¡Terminarías muy mal! - Dijo clavando sus ojos en los míos. Los latidos de su potente corazón se escuchaba desde mi corazón como si quisiesen hacer estallar a éste.

-Me duele...-Lloriqueé mientras me retorcía en la cama.

Algo le sorprendió, ya que la expresión de su rostro cambió de un momento a otro. Enseguida noté como cambiaba el color de sus ojos  que pasaron de un tono verde amarillento a un negro azabache como el carbón. Se aproximó más a mí, aún mirándome fijamente.

-Bibi, tus ojos han cambiado de color...-Me susurró al oído.

-Los tuyos también, Paul...- Le confesé con un hilo de voz como un susurro sordo y musical.

-¿Cómo es posible que todo lo que me contaran sobre ti y las leyendas sobre tu forma de actuar fueran ciertas? -Dijo acariciando mi mejilla con un dedo mientras me clavaba sus ojos negros.

-Paul... Me duele...- Volví a lloriquear provocando que él se riera audiblemente.

-Bibi, de verdad te lo digo, la única manera de aliviarte la fiebre y quitarte el dolor no te va a gustar...- Confesó mirándome a los ojos, clavándome sus espadas de fuego y transmitiéndome todo su sentir.

-¿Cuál es la manera de quitarme este dolor?- Pregunté agarrándolo por el cuello. Al sentir su piel, mi dolor se calmó. Con tan solo tocarlo, mi temperatura descendió ¿Có-Como era eso posible?

Espera... Espera... Espera... Esto ya lo había vivido yo antes... Cuando Kenai y yo... Oh Dios... Paul y yo estábamos ahora conectados. Ahora... Pero... Un minuto... Paul ya me dijo que él era mi otra mitad, él era el otro chico enviado de la Luna. El último guerrero de la madre Luna. Y sí, habíamos nacido para ser uno. Y sí, era evidente el método que tenía para aliviar el dolor, pero entonces... ¿ De dónde se había sacado el tema de que yo no quería?

-Bibi, por favor, debes descansar, mañana te dolerá menos...-Me aseguró jugueteando con mis cabellos mientras en sus ojos se podía leer un brillo especial.

Sí, era un brillo de felicidad, de alegría. Un brillo característico que hacía su mirada aún más arrebatadora que la de antes. Lo tomé por el cuello, lo rodeé con mis brazos y lo acerqué a mí mientras le clavaba la mirada.

-Hazlo...-Susurré muy bajito.

-Pero Bibi, no...-No le dí tiempo a que me pusiera excusas.

Nuestros labios colisionaron en un beso rayano en la violencia, pero deseado por parte de ambos. Él devoró mis labios como si lo deseara desde hace eones. Nuestros movimientos se acompasaron como una perfecta melodía tocada por un grupo de rock. Mis manos juguetearon con sus cabellos negros cuyas puntas estaban tintadas de rojo. Hasta que nuestra llama no se apagara, no iba a para y esa cifra de tiempo, era imposible de contabilizar.

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