Engaño
Ya llevábamos una semana en Alaska y entre los tres habíamos conseguido reunir a todas las patrullas existentes en la zona. Todas habían querido colaborar, increíblemente, y Kenai ya los había reunido en uno de los grandes bosques de Alaska con una facilidad bastante impresionante, esta misma tarde a las seis. Hilary y mi novio aún seguían de malas, así que , decidí salir de la casa a darme una vuelta para que solucionaran las cosas de una buena vez y que se dejaran de líos y de malos rollos. La nieve estaba espesa y se levantaba como unos tres palmos del suelo. Me gustaba mucho el frío y todas esas cosas, pero en este grado tan máximo a veces me molestaba un poco, aunque ahora me daba igual ya que el paisaje era precioso y digno de ver. Una idea alocada cruzó mi mente como un relámpago y se me escapó una fugaz sonrisa al evocar la imagen. Seguramente no habría nadie por aquí...No pasaría nada si me pusiera a correr y a dar saltos como una loca, ¿no?, además, divertirse de vez en cuando nunca viene mal. Decidido, lo voy a hacer.
Mis piernas empezaron a correr por aquel bosque nevado del cual ya me había encariñado muchísimo y mis cabellos se dejaron llevar por el viento helado que ahora los zarandeaba. No eran unas ráfagas violentas, sino unas ráfagas suaves que me daban la sensación de ser libre y estar volando por el cielo como un pájaro. Sí, un pájaro que no se preocupa de nada , solo de comer y dormir... A veces, desearía ser uno para poder evadirme de mis propios problemas personales...
Desde que había empezado a ser una ninfa, mi vida se había suavizado y había cambiado bastante, pero ahora empezaba a echar de menos a mi abuela, a mis hermanos pequeños, a mis padres... Aquel entorno normal que me envolvía en España meses antes de mi transformación. Decidido, en cuanto termine esta condenada guerra, me vuelvo a casa de mi abuela a pasar allí lo que me queda de verano.
Se estaba haciendo un poco tarde, así que, decidí volver a nuestra acogedora cabaña. Que raro, no escuchaba los gritos de Kenai ni los reproches de Hilary mientras que se peleaban.... Huy... Esto empezaba a darme miedo. Justo en frente del porche, unos metros más alejado de la cabaña, se encontraba un coche aparcado. No era el Porsche de Kenai, ni el Citröen de César... ¿Quién habría podido venir a casa? Toqué a la puerta varias veces, pero no obtuve ninguna respuesta, así que decidí coger las llaves que se escondían debajo del felpudo y abrirla por mi propia cuenta. Ni rastro de Hilary y ni rastro de Kenai y lo peor es que esto estaba muy silencioso, demasiado para mi gusto... Subí las escaleras de tres en tres con un estado de alerta frenético mientras miraba a todas partes y me cuidaba las espaldas por si acaso. Escuché unos sonidos dentro de la habitación de Hilary. Había una chica, pero no era mi amiga, y una silueta muy familiar estaba debajo suya. En cuanto pude reconocer todo, el alma se me cayó a los pies y mi corazón dio su último latido...
Esos ojos azules no los olvidaría jamás.
Esos condenados ojos azules me habían hecho vivir un infierno.
Esos ojos azules me habían hecho pensar que no merecía la pena.
Esos ojos azules que ahora estaban mirando a mi Kenai con deseo y lujuria...
Julia estaba besando a Kenai mientras que su cuerpo descansaba encima del de mi chico y él no hacía nada para evitarlo... Ahora si que no podía respirar. Las lágrimas brotaron de mis ojos y solté un sollozo estúpido que debía haber controlado, pero no pude, mi cuerpo no me lo permitió... En ese instante, Julia me miró y Kenai también... Acababan de darse cuenta de mi presencia... Cada una de las células de mi cuerpo deseaban la muerte inmediata en este preciso instante, pero no ocurrió lo que yo deseaba... Julia me sonrió maliciosamente y Kenai se levantó como un resorte. Mis piernas se quedaron heladas, pero no me iba a quedar ahí como una estúpida y en abrir y cerrar de ojos, ya corría escaleras abajo. Las lágrimas bañaban mi rostro, la tristeza invadía mi ser, el dolor recorría mis capilares sanguíneos, cada una de mis células solo sentía rechazo y ganas de morir...
En cuanto llegué a la puerta, la abrí y salí corriendo por el bosque perdiéndome entre todos esos árboles que eran más altos que un rascacielos. ¿La última imagen que se quedó grabada en mi mente? Kenai tirado en el suelo de rodillas mientras yo huía, en el porche de nuestra cabaña...
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