Salvado por la serpiente




Salvado por la serpiente


Cada diminuta célula de mi cuerpo deseaba caer en  un profundo abismo oscuro y perderse en él, pero no ocurrió así para mi desgracia. Me alejaba de la cabaña a pasos agigantados por aquel bosque que parecía que miraba todas mis acciones, juzgándolas de cerca y dándome su criterio. Escuchaba los llantos de Kenai desde mi posición mientras gritaba mi nombre, pero de nada le iba a servir, yo no pensaba volver, no volvería para vivir un infierno. Cerré los ojos y me concentré solo en desaparecer mientras que corría por este bosque que ahora me infundía miedo, tristeza, temor y frío, sobre todo, frío.

Como podía haber sido tan tonta al pensar que por fin había encontrado a alguien que me amaba de verdad, como había sido tan ingenua. Nunca debí depositar toda mi confianza en nadie, nunca. Ahora me daba cuenta de mi error mientras las lágrimas brotaban de mis ojos como auténticas cataratas. Mi llanto no cesaba para nada, es más, cada minuto que pasaba, éste iba aumentado la intensidad.  Me sentía como una niñata estúpida al recordar todas las veces que Kenai me dijo que me quería más que a nadie, y que solo me amaría a mí para el resto de la eternidad. ¡Soy una idiota! Mis piernas empezaban a cansarse en la oscuridad de la noche, y yo iba a caer desvanecida al suelo de un momento a otro por el cansancio de mi cuerpo. Llevaba más de dos horas corriendo sin parar con el propósito de alejarme de Kenai y de Julia para siempre, pero ya no podía más.  A lo lejos contemplé lo que parecía un bar de carretera. No era muy acogedor, pero podría descansar ahí hasta que recuperara mis fuerzas de nuevo.
Caminé hasta el bar  que había visto con anterioridad con un poco de desconfianza, pero era lo único que tenía ahora, así que, que más remedio. Abrí la puerta a mi paso y contemplé el local con sumo cuidado. Había muchos camioneros tomándose una cerveza o una copa de vino. Supongo que este era el lugar donde solían parar en sus largos viajes para transportar sus mercancías. Hablaban muy basto  y gritaban entre risas como posesos. Resoplé ante tal imagen y me senté en uno de los sofás que había al final del local, el cual tenía en frente una mesa para cuando se sirviera la comida. Crucé las piernas al sentarme y observé lo que había encima de la mesa con detenimiento. Había un  pequeño frasco que contenía sal, un aparato con muchas servilletas y algo que parecía ser un mapa del lugar. Tomé el mapa y observé que me había alejado bastante de Alaska y ahora estaba como una especie de bosque que se encontraba cercano a una autovía, de ahí que hubiera tantos camioneros en este bar. Leí los lugares detenidamente buscando un lugar donde poder ir. Mientras que decidía a donde ir un hombre alto, corpulento y lleno de tatuajes se sentó a mi lado.

-¿Qué hace una chica tan preciosa como tú por aquí? -Me susurró al oído. Me asqueaban sus palabras y su forma de mirarme. Sí,  lo odiaba profundamente. Como no se marchara en tres segundos de mi asiento, lo iba  a mandar disparado hasta la otra punta del local.

-Nada que le importe, ahora, por favor, dejé de contaminar mi asiento con sus repugnantes bacterias y lárguese - Dije con un tono frío y amenazador sin mirarle a la cara.

-¿Cómo has dicho, puta? - Vale , ya se lo había buscado. Me levanté de mi asiento plantándole cara mientras que ya notaba fluir la energía por todo mi cuerpo. Sería cuestión de segundos que ese repugnante camionero terminara inconsciente en el suelo debido a una descarga eléctrica.

-He dicho que más le vale marcharse de mi asiento o sino, sufrirá las terribles consecuencias - Mis ojos se clavaron en los suyos como dagas heladas y envenenadas. Había elegido un mal momento para tocarme las narices ese indeseable.

-¿Terribles consecuencias? Jajaja -Soltó una carcajada amenazadora- ¿Crees que una niñata como tú me puede hacer algo a mí?

Sus palabras retumbaron en mi mente con una especie de eco infernal. Por un instante, parecía la propia Julia quien las repetía en mi cerebro con su odiosa  voz que me sacaba de quicio. Eso me hizo enfurecer aún más. Cuando estuve a punto de demostrarle lo que valía un peine alguien se interpuso entre los dos.

-Hey, ¿nunca te han enseñado modales? Así no se le trata a una señorita - Pronunció ese sujeto mirándole a los ojos- Ahora haznos el favor, Harry, y vete a tomarte otra cerveza- El odioso hombre resopló por sus fosas nasales y se fue enfadado como un mono. Aquel muchacho que había salvado a ese tal "Harry" de una muerte segura, también iba tatuado pero era un poquito más bajo. Su rostro parecía mucho más comprensivo y más tierno que el del  otro hombre. Llevaba los cabellos largos hasta el hombro y poseían con un color negro como el carbón con un flequillo que le tapaba un ojo. Las puntas de sus cabellos estaban tintadas de color rojo sangre y sus ojos eran de un color muy extraño. Al principio parecían verdes, pero, conforme  el iris se acercaba a la pupila, éste iba tomando un color amarillo. Me recordaron bastante a los ojos de una serpiente y eso llamó bastante mi atención- Discúlpale, es un maleducado, y no está acostumbrado a que pasen chicas por aquí -Dijo disculpándose por su amigo Harry. Este sujeto también tenía la piel extremadamente pálida. Aparentaba tener unos  veintiún años, aproximadamente. Sus ojos estaban delineados con un perfilador negro que resaltaba aún más el color de estos- Me llamo Paul, un placer -Extendió su mano hacia mí. Ésta iba recubierta con un guante de cuero cortado que dejaba ver sus dedos.

-Yo soy Bianca - Estreché su mano con algo de desconfianza. Él me clavó sus ojos con rapidez y fugacidad sin que yo pudiera evitarlo. En ellos, ví algo nuevo. No era nada malo, todo lo contrario, parecía que él me comprendía. Entonces, lo supe. Él era uno de los guardianes extintos de la Luna


No hay comentarios:

Publicar un comentario